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Preguntas pandémicas n°5

SOBRE EL INDIVIDUO, LA PANDEMIA Y LA EXISTENCIA DE LA SOCIEDAD

SOBRE EL INDIVIDUO, LA PANDEMIA Y LA EXISTENCIA DE LA SOCIEDAD

3M

Junio, 2020

“Cada civilización, cada cultura, desde el momento en que se convierte en pasado absoluto y cerrado, es también un mundo posible que ha fracasado. Cada una de las culturas aparece entonces como una apuesta por un significado que en algún momento se muestra erróneo, equivocado o falso”

Félix de Azúa. Volver la Mirada. Ensayos sobre arte

 

La pandemia, al trabar el mecanismo operativo de la vida cotidiana, hace visible lo transparente. Es como si se hubiese destrozado el parabrisas del auto. Ya no se ve tan claro el camino y el cristal por el cual mirábamos pasa a ocupar nuestra atención. Y podemos entrever por entre las trizas que, de algún modo, el color natural del mundo le pertenecía al cristal y no a lo que había allá fuera. Y es que cuando todo parece ir bien, el sentido común disuelve todas las dudas, unas cuantas creencias simples bastan para orientarnos de forma satisfactoria cada día. Sin embargo, cuando los lugares comunes son insuficientes para cuidar de nosotros, no queda más alternativa que hacerse preguntas. Cuando las soluciones de antes son el problema de hoy, las respuestas con las cuales crecimos dejan de ser obviedades.

 

El cristal de la pandemia

La autoridad ha buscado articular su relato de la pandemia en torno a tres ejes: los recursos técnico-médicos, la asistencia social y la responsabilidad individual. Veamos brevemente los dos primeros y detengámonos en el tercero que es, finalmente la idea estructurante de fondo.

El énfasis en los recursos técnico-médicos se construye sobre la base de que este es problema médico complejo. Por lo tanto, mientras más y mejores recursos técnicos y tecnológicos haya, estaremos más protegidos. Esto permite construir epopeya nacional de la compra y traslado de insumos y aparatos médico enfrentando indecibles peligros. De ahí, el énfasis en el número de ventiladores mecánicos, número de camas críticas, disponibilidad de residencias sanitarias, vuelos con toneladas de insumos médicos, ampliación de capacidad de testeo y, por supuesto, los trabajadores de la salud, como héroes anónimos, resistiendo el asedio del virus minuto a minuto en un sistema de salud que siempre está “casi” al límite, pero que nunca alcanza a colapsar. Sin embargo, esta estrategia comete tres errores que se pagan en miles de fallecidos. Primero, radica la gestión sanitaria en la atención terciaria de alta complejidad, cuando la primera y más importante gestión de un proceso epidémico debe radicarse en la salud primaria que es el único dispositivo sanitario puede contener los contagios a través de la educación, cuidados médicos poco intensivos, seguimiento de casos y asegurando procesos efectivos de cuarentena. Hace pocos días se decidió integrar a la salud primaria, pero ya era tarde. La curva de contagios se perdió de vista y está completamente fuera de control. Segundo, se encargó el sistema de control y seguimiento de casos a las SEREMI’s de salud que son estructuras administrativas, con poco personal y ya colapsadas desde mucho antes de la pandemia. De este modo se distrajo los pocos recursos de estas unidades de las tareas de coordinación y análisis, lo que contribuyó a hacer aún más ineficiente un sistema de salud que funciona “casi al límite”. Tercero, genera una sensación de falsa protección que induce a la población a creer que puede confiar en que habrá una cama y un ventilador mecánico esperando, si la enfermedad se llegara a complicar. Claro, la autoridad y los medios de comunicación, especialmente la televisión, evitan escrupulosamente mostrar como las personas mueren sin poder respirar esperando una atención.

Tampoco cuentan lo dramático del proceso de intubación y las pocas probabilidades de sobrevivir que tiene una persona una vez que es conectada a un ventilador mecánico. Al final, la única salida política para la épica de los ventiladores mecánicos es ocultar el número de fallecidos mediante artilugios metodológicos.

El eje asistencial es el más difuso y respecto del cual la autoridad ha tenido más vacilaciones. Sin embargo, se traduce básicamente en brindar ayuda específica, focalizada y temporal a las personas que pudieran eventualmente estar pasando por una situación difícil. Por eso, temiendo un estallido social que nuevamente redujera el oasis a cenizas, la autoridad ideó un plan que consideró brillante: repartir cajas de alimentos. Se lograban, así, dos objetivos: llegar con ayuda necesaria y aprovechar de hacer un poco de publicidad política, que nunca viene mal, menos en estos momentos. Se olvidaron, eso sí, que armar y repartir 2,5 millones de cajas es desafío logístico mayor si no se cuenta con amplia participación de la sociedad civil y la colaboración de organizaciones de base. Por eso, las cajas fueron finalmente distribuidas por las municipalidades a regañadientes, de cualquier modo y a cualquier persona. Esta experiencia y por insistencia de una parte de la oposición política, se ha optado por asegurar una renta de emergencia. Aunque parece una idea más razonable y, al menos, logísticamente menos compleja, el fondo no cambia. Se trata de brindar una ayuda estatal focalizada y específica a personas claramente identificadas. Es lo que se llama “resolver los problemas concretos de la gente”, que traducido al español significa asistencialidad focalizada para impedir que el descontento termine por cuestionar las bases del sistema y los intereses de quienes lo sostienen.

El eje de la responsabilidad personal se sustenta sobre la idea de que los caminos de la vida, como diría Vicentico, aunque no sean los que se pensaban, imaginaban o creían son el resultado exclusivo de nuestras decisiones. Es decir, un asunto personal que se resuelve en el interior de nuestra conciencia. Desaparecen las condiciones estructurales económicas, sociales y culturales y, solo queda el individuo y su interioridad expresada en decisiones autónomas. Por ello, la autoridad político-sanitaria puede endosar la responsabilidad de la catástrofe a las personas que han tomado la mala decisión de romper la cuarentena en perjuicio de todos. Y poco a poco va surgiendo un nuevo tipo de delincuente: el inconsciente e irresponsable que no respeta la cuarentena, poniendo en riesgo a la mayoría de la población obediente, sacrificada y consciente que se queda en casa. De este modo, y sin solución de continuidad, el problema de salud pública pasa a ser un asunto de seguridad pública. El problema médico se transforma en problema policial, y el debate público se concentra en la necesidad de endurecer las penas para los reincidentes. Así, institucionalmente, la responsabilidad pasa del Ministerio de Salud al Ministerio del Interior.

Bajo la inspiración que brinda esta cruzada contra la nueva delincuencia, la genuflexa e intelectualmente paupérrima prensa televisiva sale todos los días a cazar estos “nuevos delincuentes”, tal como lo hacía antes con los autores de los “portonazos” y, claro, los encuentra por doquier. Los exhiben atrapados en sus explicaciones ingenuas, cercados por bandas de seguridad y siendo metidos en una ambulancia con destino desconocido, del cual ojalá no vuelvan nunca, por unos héroes antivirales vestidos de astronautas.

Obviamente, pocos se encargan de aclarar que estos reincidentes retobados son mayoritariamente trabajadores obligados por sus empleadores a salir de sus casas so pena de despido, comerciantes ambulantes que arriesgan su vida para poder comer, personas que deben hacer trámites, inmigrantes que tienen la mala costumbre de vivir hacinados o simples latinos que no les entra eso de un metro de distancia. En fin, una larga lista de culpables que se caracterizan por ser pobres, no comprender, no reflexionar y, sobre todo, por tomar decisiones inadecuadas en su vida. Para ser justos, también hay ricos, pero son pocos y se trasladan helicópteros. Son un mal ejemplo, pero no son un problema. Además, sirven para mostrar imparcialidad en la aplicación de la ley. En realidad, son los pobres los que resultan irreductibles y la autoridad - ¡oh, Dios! - no sabía que había tantos. Así que queda excusada en su ingenua honestidad.

Los ejes del relato oficial (la batalla médica, la asistencia para el que no puede y el combate al delincuente de la inconciencia) solo se pueden sostener sobre la base de que la sociedad no existe. Solo hay individuos interactuando, libres de todo condicionamiento estructural. La historia es un engrama de biografías y la sociedad un lienzo sobre el cual se dibujan interacciones entre individuos que deben responder por sus propias decisiones. Y cuando la sociedad no existe solo quedan modelos matemáticos de frecuencias, tendencias, dispersión y, con eso, hay quienes creen que se puede gobernar lo más bien.

A su favor, podemos decir que se trata de un relato ampliamente compartido y que engancha bien con el sentido común circulante. Y cuando decimos ampliamente compartido queremos decir no solo mayoritario, sino también transversal en términos políticos. De izquierda a derecha, salvo excepciones, la discusión se mueve dentro de los mismos límites de un modo pertinaz, aunque la pandemia, de forma dramática, ha mostrado los límites de una noción de lo social que se funda exclusivamente en lo individual como única realidad operante. A pesar de la evidencia, la autoridad y el coro arcangélico de la oposición política que se las ha arreglado para no existir, no pueden articular una comprensión social y no médica del fenómeno pandémico. La ceguera ideológica es más grande y pesa más que los miles de fallecidos.

La pregunta que surge es, entonces, qué hace que los actores en escena, de forma más o menos independiente de su posición en el espectro político, no puedan ir más allá de este relato dominante. Habrá que hacer una breve excusión psicológica y filosófica para una respuesta satisfactoria.

 

El individuo y la pandemia

El proceso de individuación que nos ha legado el proyecto moderno, sin duda ha significado un avance civilizatorio muy relevante para la ampliación y consolidación de los derechos de las personas y sus oportunidades de desarrollo. El avance innegable de los derechos humanos, el desarrollo del pensamiento científico, la ampliación de la dimensión espiritual, el reconocimiento de nuevas posibilidades de aprendizaje y crecimiento humanas como los fenómenos psíquicos, el rol de las emociones o el desarrollo de las artes han sido posibles gracias a este proceso. Claro, no ha sido uniforme, no ha sido para todos y todas igual, no ha sido lineal, no ha sido siempre claro, pero ha sido. Gracias a este ocurrir histórico, tenemos la posibilidad de diseñar nuestras vidas y, al menos, la oportunidad de soñar una mejor para nuestros hijos e hijas, aunque no siempre resulte, aunque no siempre podamos realmente. Reconozcamos, en cualquier caso, que, en la vida del esclavo, el siervo o incluso del inquilino, ello ni siquiera existía como idea posible. El reconocimiento del individuo y luego de la persona, como un valor absoluto, nos permite sostener mínimos civilizatorios por sobre cualquier opción o concepción específica de la sociedad y el mundo. Eso, sin duda, es un avance.

Este proceso de individuación obliga progresivamente a que las personas asuman la tarea de construir su destino y el mundo. De esta forma, debemos pasar de un orden dado, que debe ser revelado o descubierto, y que nos asigna un lugar incuestionable en el mundo, hacia un orden producido y significados construidos. Así, el relato moderno pone al individuo y su autonomía en el centro del mundo.

Inicialmente la autonomía individual tenía dos dimensiones. Primero, el “atrévete a saber” kantiano que “expresa la promesa y exigencia de avanzar a un nuevo orden social que ya no sea tutelado ni forjado a imagen y semejanza de principios religiosos y tradicionales, sino que forjado a la luz de la razón humana” (Stecher, 2008, pág. 58). La condición política básica para que esta promesa sea cumplida es la ampliación de la democracia como régimen social. La segunda dimensión de la autonomía es la “expansión del dominio racional o control sobre la naturaleza, las cosas y los seres humanos, que históricamente se ha expresado el despliegue del capitalismo, la racionalización instrumental y la regulación de los objetos” (Stecher, 2008, pág. 58). Exactamente lo que Weber describió como el espíritu del capitalismo.

A fines del siglo XIX y como un legado original del siglo XX, se agrega una tercera dimensión: la del “yo interior emancipado” que consiste en el desarrollo de una interioridad secular donde reside la verdad de quienes somos y a partir de la cual el mundo adquiere sentido. A partir de ese momento los seres humanos occidentales nos hemos comenzado a entender como contenedores de ese profundo espacio interno (Rose, 2016). Así, esta tercera fuente o dimensión de la autonomía individual, rodea y contiene las dos anteriores. De este modo, los ideales modernos de libertad, igualdad y fraternidad se han ido transformando paulatinamente en desafíos psicológicos que yacen en las complejidades inextricables de un yo interior secular que nunca acabamos por desentrañar del todo.

Hemos aprendido, así, a juzgar nuestros logros y actuaciones de acuerdo con esa ética psicológica (Rose, 2016), donde el fin es la felicidad individual y el criterio de logro es el autoexamen de la conciencia. De ello se deriva una comprensión de la constitución de lo humano como un proceso que va desde el interior individual hacia el exterior colectivo. Lo que vemos de nosotros y de los otros en el escenario social o colectivo no es más que la manifestación exterior de una interioridad problemática, y solo parcialmente consciente, que se ha ido configurando en su particularidad biográfica, liberada ya de las condiciones históricas y sociales, que aparecen solo como un telón de fondo siempre interpretable.

Este “yo interior emancipado” de cualquier atadura estructural nos hace pasar del orden producido al orden interpretado, donde lo único que queda son las decisiones individuales sustentadas en la vida interior de cada uno. La sociedad y sus problemas desaparecen, solo quedan concertaciones biográficas que pueden ser completamente explicadas por la razón psicológica. Es decir, todo depende de la interpretación construida. El giro lingüístico de la filosofía del siglo XX se explica y explica, en parte, esta situación.

En los últimos 30 o 40 años ha habido; sin embargo, un nuevo salto en este relato de lo humano y constituye, de algún modo, el desenlace lógico de la subjetividad privatizada que proviene del interior de individuos autónomos. Se trata de la versión neoliberal del individuo moderno y consiste en la cooptación (o subordinación) del “yo interior emancipado” por la razón mercantil. Específicamente, en términos sociales, se trata de la reducción del individuo - ciudadano a su dimensión de consumidor y, en términos de subjetividad colectiva, es el yo interior emancipado que se revela, expande y realiza a través del consumo. De este modo, la ciudadanía es una función de la capacidad de consumo que organiza a los individuos ya no en clases o estratos, sino en “fratrias de consumo” y el sujeto autónomo se convierte de esta forma en un derivado del consumo, cuyo propósito y mejor destino es el tener. Esta es la antropología fundante del relato neoliberal.

Por ello los derechos vienen empaquetados como bienes de consumo. La participación social, el poder y los privilegios se asignan o reparten de acuerdo con fratrias de consumo y el desarrollo personal consiste en consumir. La felicidad se alcanza por medio de la adquisición de bienes y servicios. Se consumen autos como se consume arte, educación, trascendencia espiritual, amor o alegría. El progreso de las personas o de los pueblos se mide en ingreso. Crecer económicamente es una axiomática que define todo lo real, clausurando cualquier posibilidad de comprensiones alternativas de la vida.

La deriva lógica de esta subjetividad mercantilizada es el “animal laborans”: el hombre depresivo que se explota a si mismo de forma voluntaria (Han B.-C. , 2012). Lo hace para poder rendir lo suficiente y así tener la posibilidad de consumir aquello que tiene por objetivo de vida. Este sujeto del rendimiento es más rápido y productivo que el sujeto de la obediencia y el control, porque trasladó al opresor dentro de sí. Su depresión no proviene, entonces, de estar aislado en su interioridad, obligado a pertenecer solo a sí mismo. Ese es el escenario que la posibilita. Su depresión proviene del imperativo de ser siempre positivo para poder soportar la presión de rendir de forma incansable (Han B.-C. , 2012). El yo interior autónomo, emancipado de la religión y la tradición, derivó así en el emprendedor de sí mismo que navega buscando oportunidades en un mundo “desnarrativizado” que carece de sentido y estructura, donde todo es posible y lo único cierto es el flujo incesante del cambio.

Por ello, la emoción que tiñe el espacio de posibilidad del sujeto del rendimiento debe ser, sin duda, el optimismo: el futuro depende exclusivamente de sí mismo, de la forma en que signifique el mundo y de su capacidad de rendir. Siempre habrá progreso esperando para aquellos que tengan el optimismo necesario y la decisión de tomar las oportunidades. Desaparece así la sociedad y el destino colectivo. En el mejor de los casos, solo quedan coordinaciones lingüísticas, comunidades específicas de consensos lingüísticos sobre un mundo real inaccesible, distante y, en todo caso, irrelevante. En esto consisten, finalmente, las comunidades virtuales que surgen de las redes sociales: entramados lingüísticos que se realimentan así mismos, mediados por la tecnología que informatiza la interacción. Es el profundo espacio interior revelado y atrapado en un algoritmo que desconoce y no le pertenece.

Al desparecer la sociedad, los problemas sociales se transforman en preocupaciones individuales. Son la expresión de la individualidad mercantilizada de desarrollo inconcluso o desviado, por circunstancias biográficas. Así, la crítica al orden social es producto del resentimiento que tienen algunos porque sus malas decisiones le han impedido acceder a una fratria de consumo a la cual les gustaría pertenecer. La delincuencia es un fenómeno estrictamente biográfico que se explica por decisiones inadecuadas o por una incapacidad para introyectar apropiadamente las normas sociales debido a deprivaciones psicológicas y afectivas iniciales. Las carencias educativas se deben a un esfuerzo insuficiente en el periodo escolar. La mala política es porque los políticos son delincuentes encubiertos. Y así, por delante.

Por ello, la crítica y la indignación ciudadanas puede destruir fácilmente personas, pero normalmente deja intactas las estructuras que sostienen el orden social criticado.

Vis à vis, la superación de los problemas sociales implica corregir la interioridad desviada de las personas. Los instrumentos de corrección van desde el castigo hasta la provisión de información para la toma de decisiones, pasando por la ayuda psicológica o espiritual (que serían más o menos equivalentes) y quizás el apoyo material inicial como “empujoncito” para enmendar el rumbo (canasta de ayudas sociales, subsidio y crédito especiales).

 

¿Qué pasa cuando la sociedad no existe?

Cuando solo quedan los individuos y la sociedad desaparece, desaparece también el vínculo entre el destino individual y el destino colectivo. Las personas comienzan a creer que han logrado todo solas, que no le deben nada a nadie y cosas así. Los individuos se retraen sobre sus espacios privados y los espacios públicos son solo escenarios transaccionales. La acción pública colectiva se corporativiza: existe para la defensa de los intereses de sus propios integrantes. Así, por ejemplo, la acción política abandona su rol de representación de las aspiraciones colectivas para comenzar a representar los intereses corporativos de los propios políticos, estableciendo una relación clientelar con la ciudadanía en beneficio de su propia reproducción endogámica. El aparato estatal se concentra en tareas de seguridad pública y la administración de los equilibrios indispensables para la operación sin trabas del capitalismo financiero, que es efectivamente la forma de capitalismo dominante.

El efecto desiderativo también alcanza las comunidades cuya calidad de vida se deteriora bruscamente al ser despojadas de su principal activo: el capital social[i] . Los espacios intersticiales de  la  acción colectiva  y   la  sobrevivencia comunitaria son ocupados así por grupos ideológicamente clausurados en sus propios intereses, tales como narcos o sectas pentecostales, que realizan la tarea de organización de comunidades y mejora colectiva de sus condiciones de vida, a cambio de entregar el alma. Las comunidades, sea por acción de estos grupos o por el simple retraimiento de las personas sobre sus espacios privados, se transforman en sistemas clausurados porque el espacio público no existe o está capturado por intereses corporativos. En las comunidades así constituidas, no penetra nada, excepto espacios de interacción mercantil. No llegan ni las políticas públicas, ni las policías, ni la política. Sin embargo, llegan los supermercados y el microtráfico que configuran relaciones mercantiles que tienen la capacidad para drenar la riqueza y capacidades locales. El primero por la vía del endeudamiento, la desaparición de emprendimientos locales (amasanderías, oficios tradicionales, pequeños almacenes, etc.) y la inducción de prácticas de consumo que deterioran la vida y empobrecen las interacciones comunitarias. El segundo por la integración a redes delincuenciales marginales que limitan o impiden la acción comunitaria al minar las relaciones de confianza.

Llegados a este punto y, enfrentados a la pandemia, la desaparición de la sociedad se vive como la incapacidad del estado por comprender las dinámicas sociales y de proteger de forma efectiva la vida. No puede estructurar la acción social de forma adecuada, porque las políticas y las decisiones públicas no penetran comunidades clausuradas y, los individuos en su autonomía son impenetrables e intrazables. Entonces, la autoridad solo puede apelar a la conciencia de los individuos, la represión policial y la entrega de ayuda individualizada. Tres estrategias que pueden generar algún rendimiento político marginal decreciente, pero que son totalmente insuficientes para generar conductas sociales que detengan el contagio.

 

El desafío de hacer aparecer la (nueva) sociedad

Reponer, aunque parezca ridículo, la idea de que la sociedad y los fenómenos sociales existen es un imperativo político y ético. Ello supone amarrar los cabos sueltos entre el destino individual y el destino colectivo. Que cada uno de nosotros y nosotras pueda entender su propia estrella como parte de una constelación más amplia es un desafío inmediato. De otro modo, todos y todas moriremos en esta pandemia, en las que vendrán o simplemente porque devastamos el planeta donde existimos.

Derrotar ideológicamente el proyecto moderno y su versión neoliberal mercantilizada es una tarea política de la máxima importancia y de urgente necesidad. Este objetivo político no consiste en la reedición de proyectos pasados. No es socialismo real, ni comunitario. Tampoco es capitalismo de estado, ni estado de bienestar. Lo que nos espera es imaginación de la buena. La tarea consiste en definir una nueva forma de convivir a partir de nuevas categorías teniendo presente los límites que como humanidad estamos alcanzando o hemos alcanzado. Ello obliga a poner en tensión todas las instituciones y formas de organización que hemos conocido hasta ahora, dentro de la democracia tradicional y sus fallidos intentos de superación: estado, partidos, ciudadanía, participación, representación, etc.

Esto es precisamente lo que debemos exigir a la política y los políticos: dibujar colectivamente un destino posible y deseado para todos y todas, con todos y todas. Para eso han venido a este mundo. No han venido a resolver los problemas concretos de la gente, no hay venido a implementar una idea interesante, no han venido para ayudar a los más necesitados, no han venido para administrar el estado, no han venido para aprobar leyes, no hay venido para discutir el último chisme de su propio club privado. No, no han venido para eso, aunque tengan que hacer eso y hacerlo muy bien. La política está para mediar entre las necesidades y aspiraciones de pueblo y la construcción de un nuevo proyecto de civilización posible, donde podamos vivir mejor y más felices. Así de utópico, así de concreto.

Por eso la pandemia, con su gesto gris y amargo, nos abre la posibilidad de preguntarnos sobre el futuro:

 

Bibliografía

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder. Han, B.-C. (2014). En el enjambre. Barcelona: Herder.

Kaulino, A. (2008). Compromiso social y pluralismo. Claves Epistemológicas y étcas de la psicología moderna. En A. y. Kaulina, Catografía de la psicología contemporánea. Pluralismo y modernidad (págs. 13 - 47). Santiago: LOM.

Mason, P. (19 de Mayo de 2020). "La alternativa para los próximos 20 años es una forma sostenible de capitalismo. Seguirá siendo capitalismo, pero no se verá como tal". (J. C. Salazar Pérez, Entrevistador) BBC Mundo. Obtenido de https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional- 52516855

Rose, N. (2016). La psicología como ciencia social. En R. (. Rodríguez, Contra - psicología (págs. 21-44). Madrid: Ediciones Dado.

Stecher, C. (2008). La psicología como proyecto de la modernidad: claves sociohistóricas para interrigar la pluralidad de la psicología contemporánea. En A. Kaulino, & A. (. Stecher, Cartografía de la psicología contemporánea. Pluralismo y modernidad (págs. 49-101). Santiago: LOM.

 

[i] Existen diversas definiciones de capital social. Pierre Bourdieu (1985) lo entiende como el conjunto de recursos reales o potenciales a disposición de los integrantes de una red durable de relaciones más o menos institucionalizadas. La CEPAL (2002) lo entiende como un activo de cooperación y reciprocidad que reside en las relaciones sociales, con beneficios de mayor movilización de recursos y la obtención de bienes escasos para las comunidades. El Banco Mundial (2000) define el capital social como el conjunto de "instituciones, relaciones, actitudes y valores que rigen la interacción de las personas y facilitan el desarrollo económico y la democracia". En lo esencial las definiciones apuntan a la capacidad de un grupo de generar beneficios a partir del uso de relaciones sociales de cooperación y confianza.

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