phone +569 4240 9384

Preguntas pandémicas n°4

SOBRE LA POLÍTICA, EL FIN DE LA ILUSTRACIÓN Y LOS FUTUROS INÉDITOS EN PANDEMIA

SOBRE LA POLÍTICA, EL FIN DE LA ILUSTRACIÓN Y LOS FUTUROS INÉDITOS EN PANDEMIA

3M

Mayo, 2020

La política, qué duda cabe, no vive su mejor momento. Las redes sociales, los diarios, la televisión y las conversaciones cotidianas están salpicadas de diatribas para la política y los/ las políticos. Algo que tanto quería la dictadura de Pinochet y que nunca pudo conseguir del todo, lo hicieron posible las fuerzas que lo derrotaron electoralmente. La vida nos da sorpresas, sorpresas nos da la vida, ¡ay, Dios! Es que con una perseverancia digna de elogio se tomaron el paciente trabajo de vaciar la democracia de todo contenido sustantivo y mecanismo efectivo de participación social, hasta que la mayoría le empezamos a encontrar un mal gusto. Entonces nos paramos de la mesa y dejamos a los /las políticos comiendo solos en el salón de los espejos. Un salón donde lo único que se alcanza a ver es la propia imagen multiplicada al infinito, dando la impresión de multitudes.

La crítica ciudadana a la política ha cristalizado en dos grandes ejes: la corrupción y el desinterés por cambiar el orden actual de cosas. Orden que la mayoría de la población vive como injusticia y desigualdad normativa – O sea, las reglas no son las mismas para todos y todas –. En términos simples, los / las políticos serían unas personas corruptas, cuyo único afán sería mantener el statu quo les permite reproducir la posición de la cual profitan. Una imagen nada agradable, y no siempre justa, pero que cuenta con abundante evidencia. En la subjetividad colectiva, esta crítica se expresa como una irritación difusa y profunda que demanda cambios, pero que tiene grandes dificultades para enunciar futuros. Precisamente porque carece de articulación política. Se trata, entonces, de una crítica sin optimismo histórico, sin utopía. Es decir, una crítica sin (o con poco) contenido político que suele envolver sin respeto ni consideración alguna a los personajes políticos en una “shitstorm” pero que deja intactas las estructuras de poder que mantienen el orden criticado. Un relato del escándalo facilitado por la comunicación anónima propia de la interacción digital (Han B.-C. , 2014, pág. 15) y avivado por los medios de comunicación tradicional en busca de audiencia o simplemente por interés corporativo.

Fue precisamente esa irritación la que tres ministros convirtieron en rabia cuando, al hilo, hicieron mofa de las alzas y mandaron al pueblo a levantarse más temprano. Desataron así, la furia incontenible del “segundo fardo”[i] que incendió el oasis ante la incredulidad de la elite política. Furia que fue parcialmente institucionalizada a través del tan resistido cambio constitucional, pero que deja flotando una demanda amplia por transformaciones estructurales que, básicamente, viene a decir que el neoliberalismo es invivible para la mayoría.

En eso estábamos cuando nos cayó la pandemia en medio de las ilusiones. Y así pasamos, sin solución de continuidad, de la pelea callejera y el arrebato político, al tedio enojoso de las cifras diarias de contagios, el GIF infinito de la vida, pasión y (ojalá) muerte del virus, junto a la desvergonzada campaña electoral de los alcaldes de derecha que pintan de “progres” criticando a su gobierno en los medios de comunicación. Un Gobierno que se mueve, a su vez, entre sus pulsiones por no detener la maquinaria económica, la necesidad de mostrar que gestiona adecuadamente de la pandemia y el objetivo político de hacer que la crisis dure lo más posible, ocupando todo el espacio público, porque sabe lo que le espera al final de túnel. Mientras, por su parte, a la oposición política le comieron la lengua los ratones, y vive su silenciosa irrelevancia atrapada en eso que los psicólogos llaman doble vínculo. Es decir, una situación donde hagas lo que hagas, pierdes: si critica la acción gubernamental en medio de la crisis se vuelve irresponsable (o al menos eso cree) y si mantiene su silencio, se convierte en cómplice de la irresponsabilidad hiperbólica con que la autoridad sanitaria ha gestionado la pandemia. Entonces, y de un modo curioso, la única opción que le queda para capturar algún “like” es proponer medidas aún más restrictivas de confinamiento, ganándose la odiosidad de quienes viven de lo que sucede en la calle (que vienen a ser, generalmente, los sectores menos privilegiados).

Ahora bien, la pregunta es si esta “doncella de hierro” hecha de escándalo, odio ciudadano, aislamiento e irrelevancia donde la política se fue a meter es una cuestión local, temporal y específica o se trata del guion de tragedia griega, donde los personajes, al tratar de eludir la fatalidad, hacen exactamente lo necesario para que el destino trágico se cumpla.

 

La sentencia estaba escrita por su propia mano

La pandemia, como han dicho varios, revela las enfermedades de base en la sociedad, al utilizar sus males tradicionales para infectar el cuerpo social. Y la acción política aquí, y en la mayor parte del mundo occidental, padece una enfermedad desde hace más de 40 años. Una enfermedad que se ha ido agravando con el tiempo: ha abdicado de su rol transformador en favor del mercado. Eso no significa exactamente que se haya “vendido”, aunque en varios casos puede ser cierto, sino que ha comenzado a utilizar criterios económicos capitalistas y de mercado para diseñar y ejercer su rol en la sociedad, y todo lo que escape a esos criterios es tachado de irresponsable o trasnochado.

El problema es que al hacer eso, la acción política renuncia a su razón de ser, que no es otra que articular proyectos que dibujen mundos alternos donde los sueños de quienes representa sean posibles. La política es el espacio de la posibilidad, la economía del posibilismo. Desde la economía solo se puede proyectar el presente utilizando algoritmos. La economía está impedida ontológicamente de crear mundos donde su reproducción ampliada sea puesta en duda. El mundo económico es pura performatividad reproductiva que eleva sus propios axiomas al estatus de la única realidad posible. Por eso, los economistas suelen confundir sus curvas y ecuaciones con la realidad. Misma confusión que padecen los varios políticos continuamente.

La política al ser cooptada por la economía se desvincula de la construcción de proyectos civilizadores, como los denomina De Sousa Santos. Y, de este modo, se auto prescribe un confinamiento domiciliario total e indefinido.

Los síntomas inequívocos de esta enfermedad política son cuatro:

a. Lo que Slavoj Žižek denomina el animismo capitalista. Es decir, “tratar los fenómenos sociales como los mercados o el capital financiero como entidades vivientes” (Žižek, 2020). Así, los mercados se ponen nerviosos, se le debe dar un respiro a la economía y se abre un “dilema” entre salvar la economía o salvar vidas.

b. Valorar y gestionar con criterios económicos y de mercado fenómenos o ámbitos que no son económicos. Ello genera no solo confusión valórica, sino también distorsiones cognitivas mayores, a un punto tal que se termina enredando todo en discusiones sin destino, propias de la Torre de Babel. Por ejemplo, la vida y la salud de las personas es un asunto de costo beneficio, la educación es un bien de consumo, la violación a los derechos humanos es un costo necesario para cuidar el crecimiento económico, etc.

c. La relación clientelar entre la elite política y sus electores. De esta forma, las elecciones son un despliegue de campañas de marketing con candidatos(as) producto, las propuestas son slogans, los debates son lanzamiento de productos y los ciudadanos(as) son clientes que demandan servicios y que deben ser fidelizados.

d. Los debates políticos se transforman en reuniones de coordinación para la adecuada gestión económica. Con el neoliberalismo, “los debates políticos comenzaron a limitarse a la gestión de las soluciones propuestas o impuestas por el (des)orden capitalista vigente y los debates civilizadores, a medida que continuaban, comenzaron a suceder fuera de los procesos políticos. Esta separación es fatal porque con ella las sociedades dejaron de pensar en alternativas de vida” (De Sousa Santos, 2020, pág. 83).

Una de las consecuencias más o menos evidente de este proceso, aunque notoriamente invisible para la acción política, es la cimentación de un sentir popular de que sus demandas y aspiraciones mayoritarias no tienen eco en ningún proyecto transformador o civilizador. Un sentir que se cocina a fuego lento, sazonado con rabia y desafección ciudadana.

Otra consecuencia bien práctica de la cooptación económica de la política es la forma y capacidad que adquiere el Estado. El neoliberalismo ha drenado al estado de toda capacidad sustantiva para generar desarrollo, proteger a los ciudadanos y ni hablar de enfrentar emergencias. Todos los instrumentos públicos de desarrollo han sido traspasados al mercado. A veces de manera lenta y cautelosa, otras de forma grosera y desvergonzada, como sucedió en Chile con la “venta” de empresas públicas al sector privado (que, dicho sea de paso, ahora regresan al Estado para exigir su ayuda). Toda capacidad del Estado para proteger a sus ciudadanos ha sido mercantilizada en un proceso que no se ha detenido hasta hoy. “Y llegamos así al presente con estados que no tienen capacidad para responder de manera efectiva a la crisis humanitaria que aqueja a sus ciudadanos. La brecha entre economía de la salud y la salud pública no podría ser mayor” (De Sousa Santos, 2020, pág. 68). Recordemos, por ejemplo, que el sur de Europa fue la zona cero de las políticas de austeridad más sádicas después de la crisis financiera de 2008. ¿Sorprende que sus hospitales, a pesar de tener atención médica pública, se encuentren tan mal equipados para enfrentar esta crisis? (Klein, 2020)

De esta manera, la crisis pandémica hace pública y nítidamente evidente un punto de inflexión histórica que muchos, de una u otra forma, han anunciado desde hace largo tiempo: el fin del ciclo histórico que inaugura la ilustración en el siglo XVII. Ciclo que culmina calcinado en el frenesí mercantil del neoliberalismo.

El bueno de Habermas sostiene que la Ilustración no ha muerto, sino que se trata de un proceso inconcluso. Iluso él. El pragmatismo inglés siempre ha podido más que el esfuerzo y la dedicación alemanas. El neoliberalismo ha ganado trágicamente en todos los frentes: la sociedad de hombres y mujeres racionales ha sucumbido ante el individualismo consumista. La sociedad no existe más. La libertad, igualdad y fraternidad están disponibles solo para quien pueda pagarlas. Así lo sentencia Margaret Thatcher en 1987:

“Creo que hemos pasado por un período en el que a demasiados niños y a mucha gente le ha dado por pensar que, si 'Tengo un problema, es trabajo del gobierno solucionarlo' o 'Tengo un problema, pero obtendré una subvención para enfrentarlo' ¡Estoy sin hogar, el gobierno debe darme una casa!’ y así están achacando sus problemas a la sociedad, ¿y quién es la sociedad? ¡No existe tal cosa! Hay hombres y mujeres individuales y hay familias, y ningún gobierno puede hacer nada excepto a través de las personas, y las personas se ayudan a sí mismas primero. Es nuestro deber ayudarnos a nosotros mismos y luego también ayudar nuestro prójimo” Margaret Thatcher, 1987, citada por Alberto Mayol (Mayol, 2019, pág. 40)[ii]

Por ello, lo característico del ciclo político y social que se inaugura a principios de los 80’s y que, falta de un mejor nombre llamamos neoliberalismo, es la incapacidad de las personas para vincular de un modo psicológicamente satisfactorio su destino personal con el destino colectivo. Al creer que la sociedad no existe, cada persona siente que ha sido echada al mundo a sobrevivir por su propio esfuerzo sin deberle nada a nadie ¿Les suena familiar? Aunque el detalle es que, en realidad, le debe al banco porque tuvo que endeudarse para pagar un asiento en la última fila de la inclusión social.

Y si la sociedad no existe y la soledad se vuelve insoportable ¿qué queda? Bueno, como dice la Thatcher la familia, pero también los que ofrecen explicaciones totales y simples en un enmarañado y hostil mundo fluido: grupos religiosos integristas, grupos hiper ideologizados de carácter fundamentalista, el populismo y el nunca bien ponderado fascismo, que siempre espera su oportunidad. Claro, también queda la violencia anarquizante y la movilización masiva de alto contenido simbólico y bajo sentido programático, salvo reivindicaciones de grupos específicos.

 

Y así llegamos a la pandemia…

En este contexto, la pregunta que enuncia Rita Segato parece central: ¿quién y cómo articulará el relato hegemónico de la crisis sanitaria? Es decir, ¿quién será el vencedor ideológico de la pandemia?

De la respuesta a esa pregunta depende lo que sucederá en el tiempo, aún incierto, de la post pandemia. La respuesta no es fácil. La pandemia hace evidente el agotamiento de un ciclo histórico, pero con la política institucional encerrada en el posibilismo económico neoliberal y la política extrainstitucional reducida a esfuerzos testimoniales desarticulados, los espacios desde donde enunciar futuros alternativos son un desafío a la imaginación. Aun siendo un optimista pertinaz que tiendo a ver oportunidad en todo, debo reconocer que en los tiempos que corren, la tragedia es una opción. Consideremos, además, que el 25 de octubre está a la vuelta de la esquina y aún no tenemos claro cómo haremos pasar la esperanza, o parte de ella al menos, por la puerta del cambio constitucional.

Y es que es bien sabido que las situaciones de epidemia estimulan la aparición de conductas socialmente conservadoras y avivan los miedos ya presentes en la sociedad. El terror se apodera de la escena y “el terror es una condición en la cual lo imaginario domina completamente la imaginación. Lo imaginario es la energía fósil de la mente colectiva, las imágenes que en ella la experiencia ha depositado, la limitación de lo imaginable. La imaginación es la energía renovable y desprejuiciada” (Berardi, 2020). Entonces cuando pensábamos que íbamos por ancho camino y nos volvíamos a reencontrar en las ansias de cambio, el pandemonio de los miedos de abre ante nuestros ojos. Así, lo que hasta ayer se valoraba como originalmente transgresor o signo de reconstrucción del sentido de comunidad, hoy se considera una irresponsabilidad digna de castigo o reproche ¿O alguien celebraría el éxito de convocatoria a una marcha masiva por estos días?

Y es que cada uno de nosotros pasa a ser un potencial peligro para la supervivencia del otro, imponiéndose el distanciamiento físico primero y la denuncia después, como conductas normalizadas, justificadas en una idea vaga de protección y seguridad. De este modo, lo que hace unos meses era una violación a los derechos ciudadanos, hoy es una medida sanitaria justificada. El alzar la voz por demandas justas, ahora es irresponsable. Lo que ayer era discriminación, hoy es protección. Por eso, todos los canales de televisión, carabineros, militares, empleados municipales, policías de investigaciones, la autoridad sanitaria y los vecinos, con piedras en las manos, se pueden dar cita para expulsar “un foco de contagio” constituido por una comunidad de inmigrantes haitianos en Quilicura. Claro, nadie repara en que la cuarentena y el aislamiento son un lujo imposible cuando vives hacinado y el contagio una consecuencia inevitable de la discriminación xenófoba y racista.

El nuevo terror pandémico se alimenta de viejos miedos. La tradicional repulsión que causan los pobres, los extranjeros, las minorías sexuales o cualquier grupo fuera de norma o que no puede exhibir garantías de profilaxis, como las personas que cuidan a otros, se traduce ahora como temor al contagio. Y esos viejos temores atizan, así, las brasas de un darwinismo social secretamente dormido, pero siempre presente en el imaginario popular.

Según Byung Chul – Han lo que se ve en el horizonte es un “feudalismo digital”. De acuerdo con este filósofo “la pandemia tendrá consecuencias que transformarán al conjunto de la sociedad en una zona de seguridad” (Han B. C., 2020). El argumento es simple, pero certero: si quieres controlar la pandemia debes controlar a las personas. Y es precisamente esto lo marca la diferencia entre la estrategia asiática y occidental. Según Chul Han, “occidente llegará pronto a una conclusión fatal: que lo único capaz de evitar el cierre total [con devastadoras consecuencias económicas] es una biopolítica que permita tener acceso ilimitado al individuo. Occidente concluirá que la protegida esfera privada es justamente lo que ofrece refugio al virus” (Han B. C., 2020).

De hecho, hasta ahora el éxito de la estrategia de control de la pandemia en países como China, Singapur, Corea del Sur o Taiwán se basa en el control absoluto y personal de los movimientos y las conductas de las personas a través los datos que generan los celulares, millones de cámaras de reconocimiento facial y otros dispositivos como drones, transacciones comerciales, etc. Nada puedes hacer sin que la autoridad lo sepa. Literalmente, el espacio privado se cierra por dentro y se entrega la llave a las autoridades. Se trata de una sociedad disciplinaria digital donde el soberano ya no controla fronteras, sino datos. Lo que importa es la obediencia y el cumplimiento de los deberes con el colectivo de forma inmediata e incondicional. Algo bien distante a la concepción de la Thatcher.

Es claro que todos hemos comprobado lo que sucede con la “algoritmización” de nuestro espacio interior, cuando la red selecciona a nuestros amigos, nos hace sugerencias de consumo o sabe exactamente dónde estamos. Sin embargo, vivimos tal control digital con gusto y como una elección individual que surge de nuestra interioridad asociada al placer de consumir. El estado disciplinario digital va bastante más allá y la posibilidad de avanzar desde el actual estado de cosas a un capitalismo disciplinario es una posibilidad cierta. Después de todo, China descubrió que autoritarismo y control social no se oponen a capitalismo. Claro, hay que sortear la crítica y la oposición de los grupos defensores de los derechos humanos, pero si hay razones sanitarias que lo justifiquen, se puede. Cuando lo que vertebra la acción social es el miedo se pueden muchas cosas que no se podían. En realidad, debemos admitir que, “no hay mejor condición para la formación de regímenes totalitarios que las situaciones de emergencia extrema, donde la supervivencia de todos está en juego” (Berardi, 2020).

Quizás aún no contamos con las condiciones materiales que posibiliten el feudalismo digital al estilo que lo augura Chul – Han. Ahora, si se trata de tiempo, ya hemos insistido en artículos anteriores que, desde nuestra perspectiva, el asunto de la pandemia va para largo. Además, lo que estamos viviendo es un proceso de cambio civilizatorio dentro del cual la pandemia es solo uno de los hitos. Por lo tanto, una biopolítica construida sobre el poder digital es una posibilidad abierta.

Mientras tanto, ese poco agradable futuro se precisa, caben otras posibilidades menos sofisticadas para el concierto nacional. La primera es el populismo: soluciones simples para problemas complejos, aunque la solución termine siendo el problema. La historia reciente demuestra que el populismo siempre tiene su público, aunque nos caigamos de la silla oyendo lo que dicen sus representantes. Y la liga nacional tiene jugadores hábiles. Probablemente no dan para estrellas internacionales, pero si para ganar una elección nacional de forma estrecha.

Otra posibilidad abierta es directamente el fascismo, que avanzaba a paso seguro en diversas partes del mundo ya antes de la pandemia. Y si le creemos a Marx eso de que la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa, debemos aceptar que el proyecto fascista cuenta con un clima inmejorable para florecer nuevamente:

1. Una elite política desprestigiada e incapacitada para señalar y dirigir un proceso de transformación social que recoja las demandas y aspiraciones sociales.

2. Una crisis económica de proporciones bíblicas

3. Un pueblo desencantado, furioso y sin claves enunciar un futuro alterno, atemorizado por la pandemia y sufriendo las consecuencias de la debacle económica

4. Ineficacia creciente del estado para proteger la vida

Se trata de una escena donde pueden comenzar a sonar bien las soluciones derechamente autoritarias que, normalmente, se hacen del poder integrando todos los descontentos y desconciertos en un collage de ideas simples e incluso contradictorias. Total, al fascismo nunca le ha importado posar de coherente y profundo. Solo imaginemos a un señor o señora prometa seguridad, un estado fuerte capaz de atender las necesidades de sus ciudadanos, la recuperación de las capacidades productivas nacionales, junto con rechazar el modo de vida capitalista, exacerbar el miedo a la diferencia, ensalzar el heroísmo, cultivar el optimismo permanente y llamar a la acción concreta y efectiva ahora (Eco, 2018) ¿Les suena familiar? Es probable que hayamos escuchado algo por aquí y por allá. Bueno, todo eso junto se llama fascismo y basta con que alguien haga la combinación perfecta y una buena campaña para comenzar a temblar.

 

¿Y nosotros qué?

Bueno, por fin, regresamos al punto donde empezamos, para ver si seguimos por el mismo camino o lo cambiamos. Los griegos llamaban a este movimiento, metanoia. Regresar al inicio para ver si hay otras posibilidades.

Es que entender la pandemia como un paréntesis después del cual es cosa de retomar el tejido, volver a contar y continuar desde el punto en el que quedamos, para terminar de una buena vez el chaleco, parece no ser tan simple.

Esta opción pasa por alto dos hechos fundamentales. Lo de la pandemia va bastante más allá del cambio constitucional y en muchos aspectos no regresaremos a la realidad anterior. Cuando volvamos a asomar la cabeza,notaremos que muchas cosas serán diferentes allá fuera. Por otra parte, el camino original tenía (y tiene) un bache muy difícil de sortear: había mucha demanda, pero no había una visión que perseguir, ni liderazgos auténticos que la pudieran sostener. De hecho, en términos prácticos, estaba bastante cerca de la idea de “cambio” (sin apellido, sin rostro, sin domicilio) con la que Joaquín Lavín casi consigue arrebatarle la presidencia a Ricardo Lagos en el año 2000. Obviamente no es lo mismo, pero de lejos se parecen. Con todo, esta insidiosa asociación puede servir, al menos, para entender mejor por qué hace ya 20 años, una idea de cambio sin mucha sustancia entusiasmó a tantos y por qué el populismo siempre es una posibilidad frente al desencanto.

Un tercer elemento, en el cual conviene detenerse un instante, es que la hipótesis del paréntesis apuesta sino todo, por lo menos harto, a un enigmático hito del cambio constitucional. Sin embargo, un cambio institucional sin proyecto o proyectos políticos que le den sentido, puede ser una caja de Pandora. Y los tiempos para pensar, tejer y articular se acortan harto cuando hemos sido condenados a vivir una “coronavida”

El otro camino es pensar. Debemos reconocer que la oferta es poco atractiva en una sociedad donde pensar es mal visto. “Paja” se le llama y los que piensan se llaman “pajeros”, en un mundo dominado por la pulsión “fascistoide” de valorar la acción por la acción y tratar cualquier actitud crítica como una especie de castración (Eco, 2018).

Claro, no pensar a solas, no pensar como un ejercicio puramente intelectual, sino pensar de verdad. Eso implica pensar con otros dialogando sobre otros mundos posibles. Después de todo, de eso se trata la política ¿o no?

 

Vamos a las preguntas…

Y esta larga metanoia nos lleva a las siguientes preguntas pandémicas:

- ¿Cómo reconectar la política con su rol de transformación?, ¿con su deber de articular las demandas y aspiraciones del pueblo con proyectos civilizadores?, ¿cómo devolvemos a la política su función política sobre la economía?

- ¿La ilustración es un proyecto por desarrollar o una vida que terminó en el cielo neoliberal? Dirijo esta pregunta con especial dedicación a mis amigos y amigas marxistas. Después de todo, la concepción hegeliana del devenir histórico inexorable es una idea de lo más ilustrada.

- ¿Cómo devolvemos prestigio a la actividad política?

- ¿Cuáles son los relatos que incuba la pandemia?

- ¿Quién o quiénes articularán esos relatos?

- ¿Cuál será el relato hegemónico post pandemia? Y ¿de qué depende que se transforme en hegemónico?

- ¿Cuáles son las transformaciones que se intentarán imponer en este shock?

- ¿Cómo pasamos de la rabia a la enunciación de futuro?

- ¿Cómo comenzar a articular un discurso y un proyecto crítico con perspectiva hegemónica?, ¿Cuál es la metodología que necesitamos inventar o desempolvar?

- ¿Cómo liberamos la imaginación del imaginario?

- ¿Cómo se pueden expresar estas preguntas en el debate por el cambio constitucional?

 

Referencias

Berardi, F. (19 de Marzo de 2020). Crónica de la psicodeflación. Obtenido de Caja Negra Editora: https://cajanegraeditora.com.ar/blog/cronica-de- la-psicodeflacion/

De Sousa Santos, B. (2020). La cruel pedagogía del virus. Buenos Aires: CLACSO. Eco, H. (2018). Contra el fascismo. Santiago: Lumen.

Han, B. C. (17 de abril de 2020). Vamos hacia un feudalismo digital y el modelo chino                podría        imponerse.        Obtenido        de        Clarín: https://www.clarin.com/cultura/byung-chul-vamos-feudalismo-digital- modelo-chino-podria-imponerse_0_QqOkCraxD.html

Han, B.-C. (2014). En el enjambre. Barcelona: Herder.

Kapuścińsky, R. (1989). El Emperador. Barcelona: Anagrama.

Klein, N. (6 de Abril de 2020). "La gente habla sobre cuándo se volverá a la normalidad, pero la normalidad era la crisis". Obtenido de Extremo Sur de la Patagonia: https://www.elextremosur.com/nota/23710-naomi- klein-la-gente-habla-sobre-cuando-se-volvera-a-la-normalidad-pero-la- normalidad-era-la-crisis/

Mayol, A. (2019). Big Bang. Estallido Social 2019. Santiago: Catalonia.

Žižek, S. (27 de Febrero de 2020). Coronavirus es un golpe al capitalismo al estilo de ‘Kill Bill’ y podría conducir a la reinvención del comunismo. Obtenido de Russia Today: https://www.rt.com/op-ed/481831- coronavirus-kill-bi

 


[i] “En realidad un pueblo nunca se rebela porque lleve a sus espaldas un fardo muy pesado, nunca se rebela porque se le explote, pues no conoce la vida sin explotación […] Un pueblo solo se rebela cuando alguien de repente intenta cargarle con otro fardo […] no aguantará más; caerá de bruces en el fango, pero se pondrá de pie de un salto y asirá el hacha. Y, tened en cuenta, señor que lo hará no porque ya no pueda sostener esa segunda carga, no, ¡aún tendría fuerzas para soportarla […] saltará porque tendrá la sensación de que tú, al echarle subrepticiamente y de sopetón un segundo fardo más sobre los hombros, has intentado engañarlo, lo has tratado como un animal, has pisoteado el resto de su dignidad, ya de por sí pisoteada, y lo has tomado por un idiota, que nada ve, nada siente y nada comprende. El hombre empuña en hacha no en defensa de su bolsillo sino en defensa de su condición de ser humano” (Kapuścińsky, 1989, pág. 122)

[ii] La traducción del inglés y el subrayado son nuestros

icon
Somos un colectivo que realizamos análisis de la coyuntura para aportar a la reflexión.